Diversidad I

Hace unos meses, en una conferencia en Bilbao, Xabier Besalú nos compartía los siguientes interrogantes: ¿hasta qué punto la interculturalidad ha desaparecido del debate público? ¿Hasta qué punto el discurso de la convivencia y de la cohesión social es el nuevo rostro del asimilacionismo? Mucho me temo que apuntaba certero a la construcción de un nuevo discurso que se está generando en la arena pública.

Sospecho que no es mera coincidencia que la desaparición de la interculturalidad se produzca cuando, tras años de idas y venidas, empezamos a entender y a trabajar cada vez más la dimensión política de la interculturalidad. En efecto, creo que cada vez más íbamos tomando conciencia de que una política intercultural era algo mucho más complejo que la celebración anual de cuscús y tortilla de patata. Que una política intercultural tenía como objetivo promover la igualdad y no convertirse en una mera celebración superficial de culturas, bailes, ritos y comidas. Que este objetivo pasaba necesariamente por un nuevo modelo de ciudadanía y una democracia pluralista e incluyente. En los niveles de acción concreta, parecía cada vez más claro que la política intercultural debía atravesar las demás políticas, fuesen del ámbito de la educación, la cultura o el mundo laboral. Vamos, eso que tanto gusta de lo “transversal”. También se constataba la necesaria y urgente formación a todos los sectores, especialmente el político, para poder avanzar.

Pues bien, ¿qué parece se va imponiendo poco a poco? La idea de la diversidad como un paraguas inmenso bajo el que se cobijan prácticamente todos los actores que desde su singularidad reclaman algo al poder. Es cierto, que dados los constantes esfuerzos de culturizar al migrante como nueva estrategia de la exclusión social, hemos repetido por activa y por pasiva que siempre hemos sido sociedades diversas y que la cuestión de la diversidad no debe quedar vinculada en exclusiva a los movimientos migratorios. Ahora bien, no vincular en exclusiva la diversidad a los procesos migratorios contemporáneos, no significa tampoco diluir la específica situación en la que se encuentran las personas migrantes y que las coloca en lugares de especial vulnerabilidad cuando no de exclusión. No olvidemos ni por un momento que estamos hablando de personas que no son ciudadanos en términos de derechos y deberes. Personas que todavía no tienen derecho a tener derechos. Es precisamente este hecho el que queda obscurecido cuando la diversidad se convierte en un cajón desastre al que se envía todo: diversidad sexual, de género, cultural, étnica, religiosa, funcional, etc.

Así que en esas estamos, en el discurso de la diversidad, la convivencia y los derechos humanos. Un discurso que nada dice, donde todo entra y que tiene la virtud de encantar y provocar el aplauso inmediato del ciudadano. Se enmascara así que muchas vecinas y vecinos no son ciudadanos y, desde luego, quedaron fuera de la “fiesta de la democracia” del pasado domingo.

©photo: Bárbara Ruiz.