Diversidad II

Marta, una mujer indígena otavala del Ecuador, llevó a sus hijas a la eskola casi nada más instalarse en Orduña, pequeña ciudad bizkaina. Tras despedirlas, un grupo de mujeres “autóctonas” de la localidad invitaron a Marta a tomar un café con ellas. Marta rechazó amablemente la invitación…

 

… lo hizo, según me relató, porque ella no puede tomar café debido a su adscripción religiosa que prohíbe la ingesta de bebidas excitantes. Con el transcurrir de los meses en Orduña, se fue dando cuenta de que “tomar café” es una expresión que invita a compartir un espacio y tiempo siendo irrelevante si se toma café, agua, té o un mosto. Marta finalizaba el relato no sin cierta pena comentando cómo estas mujeres no le habían vuelto a proponer tomar un café.

Tomo el relato que Marta me compartió hace ya tiempo, para volver sobre esta cuestión de la diversidad y la cultura. Este encuentro entre mujeres diferentes – que NO entre culturas diferentes- se ha visto truncado por una cuestión de significado. Marta leyó una expresión de manera literal y no de acuerdo al significado que la misma tiene en el contexto local ¿por qué? Porque no comparte todo el mundo de significados que conforman aquel contexto. Proviene de otro lugar, donde los significados son otros. Es decir, que los marcos de significación en los que hasta hace poco vivía Marta y en los que viven las mujeres de Orduña son diferentes. Y en cada uno de esos marcos es donde estas mujeres viven, forman sus convicciones, sus yoes y sus solidaridades. Entender, como nos enseñó Clifford Geertz[i], que esas tramas de significación que construimos entre todos y en las que vivimos inmersos es cultura, nos aleja y mucho de las visiones más esencialistas y estereotipadas de la misma.

Las culturas dejan de ser bolas de billar de colores compactas y delimitadas. La imagen es mucho más parecida a la de un collage[ii]. Y para comprender las actitudes o los comportamientos de un grupo humano será mucho más útil  atender a los matices y significados variables que los recursos culturales adquieren cuando son utilizados dentro de determinados procesos sociales, económicos e históricos. Esta propuesta, claro está, es más compleja que la simple –pero tan poderosa- catalogación y etiquetación de los grupos humanos en relación a un supuesto origen étnicoculturalracial.

Pero sobre todo, problematizar el concepto de cultura, vuelve mucho más compleja la cuestión de la diferencia y la diversidad. Para empezar porque todos somos diversos. Es decir, que la cultura no es una sustancia exótica que portan quienes migran y se instalan entre nosotros. Diferentes, raros y extraños somos todos. Y además lo hemos sido siempre. Sin embargo, la sociedad “autóctona” se suele presentar como culturalmente neutra y es el Otro, el que llega de fuera, quien es un ser cultural, muy cultural, incluso demasiado cultural. Pero esto no es más que una representación interesada ¿por qué? Porque la ciudadanía y la visibilidad cultural, como propuso Renato Rosaldo[iii], se relacionan a la inversa. Los ciudadanos titulares carecen de cultura, y quienes están envueltos en identidades culturales, costumbres, lenguas y bailes ancestrales carecen de ciudadanía plena. Un mal uso y abuso del concepto de cultura construye así el discurso mediante el que las desigualdades socioeconómicas quedan obscurecidas cuando no legitimadas por argumentos de corte culturalista.

[i] Véase: (1997) La interpretación de las culturas, Barcelona: Gedisa.

[ii] Una cuestión, la de cómo representamos visualmente la diversidad cultural, que apenas si se tiene en cuenta y que, me temo, ayuda a la reproducción del concepto de cultura del que queremos huir.

[iii] Véase: (1989) Cultura y verdad, México: Grijalbo.